“La mitad de la sabiduría es aprender a desaprender lo que se sabe”

Larry Niven

Nos pasamos la vida aprendiendo; prácticamente todos los días sumamos algo nuevo a nuestro arsenal: observando, leyendo, experimentando o reflexionando. Nuestra capacidad como seres humanos es extraordinaria, por lo que aprendemos mucho y en poco tiempo.  Incluso agregaría que tenemos muy arraigada la idea que, entre más conocimiento acumulemos, más sabios seremos.  Y efectivamente esto es así, ni más faltaba que pretendiera decir lo contrario, pero como dice la frase de Niven, esto es solo la mitad de nuestra sabiduría; la otra mitad viene de desaprender, aunque esto parezca contra intuitivo.

Desaprender no es olvidar, pues esto no es posible ya que nuestra mente no puede eliminar lo aprendido; consiste en cuestionar y replantear, y es allí donde está el reto. Desaprender es decodificarnos, cambiar paradigmas; es como formatear el disco duro.  Y esto exige combatir nuestras creencias que, al arraigarnos a ellas, se vuelven limitantes e inflexibles, e impiden expandir el pensamiento, que no sería lo idóneo para acumular sabiduría.  Por lo tanto, debemos procurar una mente abierta y flexible que nos brinde un futuro más dispuesto a nuevas posibilidades.

Algo de lo que no somos del todo conscientes es que la comodidad que brindan nuestras creencias, gustos y juicios, nos aleja de la posibilidad de cuestionarlos.  Todo pensamiento produce una emoción, y nuestras creencias llevan asociadas una carga emocional.  Para evidenciar lo anterior, analicemos cómo se origina una creencia y veremos que nuestra mente relaciona lo que piensa a una emoción.  Por ejemplo, la oscuridad y la relación que hacemos con peligro; o la sensación de seguridad que brinda traer el teléfono celular; o el orgullo que brinda alguna destreza perfeccionada.  Por lo tanto, es fundamental en el proceso de desaprender, lograr la capacidad de inhibir las emociones para poder abstraernos y así, tener la posibilidad de convertirnos en observadores y poder debatir.

A manera de ejemplo, les compartiré una experiencia de desaprendizaje.  Como contexto, me formé bajo el orden de un colegio católico y en una familia cuya madre apodábamos “la Thatcher”.  Por lo tanto, fui criado en un contexto donde la figura de autoridad, no solo merecía de respeto absoluto, sino hasta cierto punto, era una combinación rara de sumisión/admiración.  Esto forjó una creencia en mí que hacía que me pusiera nervioso ante figuras de autoridad.  Sin embargo, llegó un momento que comprendí que esta emoción inhibía y condicionaba mi comportamiento y, por tanto, entendí que debía modificar mi creencia ante las figuras de autoridad y ¡lo logré con éxito!

Un buen ejercicio inicial que sugiero es identificar las creencias más fuertes, detectar la emoción asociada y buscar eliminarla, a fin de poder convertirse en un digno observador, y así, tener la capacidad de análisis y reflexión que ayude a poder modificar o inclusive desterrar dicha creencia.  En otras palabras, lo que se pretende es no ser esclavo de nuestra mente: allí radica precisamente la clave para aprender a desaprender.  Muchas veces el límite no está en lo que desconocemos, sino en aquello que creemos que sabemos sin que sea así.

Otro elemento que dificulta el desaprender es la costumbre.  Y el ser humano es uno al que le encantan.  Solo piensen la gran cantidad de cosas que hacemos por hábito: levantarnos del mismo lado de la cama, pedir el mismo plato en el restaurante; usar la misma ruta a la oficina, y así innumerables cosas en las que actuamos y no cuestionamos.  Incluso, cuando son violentadas, nos genera incomodidad y rechazo. El cambio personal debe ser una acción consciente y voluntaria para mejorar y potenciar el desarrollo.  Así que, te sugiero que mañana pruebes con cosas distintas; atrévete a experimentar y salir de la zona de confort; igual y descubres algo nuevo o mágico.  O simplemente disciplinas a tu ego y le mandas una señal de quien manda eres tú y tus deseos de retar lo establecido.  Gato viejo sí aprende maroma nueva.

Para aprender nos preparamos, leemos, preguntamos, experimentamos; estudiamos, tomamos cursos, talleres, etc.  Estamos siempre deseosos de instruirnos, entonces, ¿Por qué no aprender a desaprender? Desaprender viene a enriquecer.  La clave radica en saber qué y cómo lo replanteamos: qué quitar, qué poner, o qué cambiar.  Esto implica decidir con valentía qué conservamos, qué desechamos, qué ajustamos, qué reciclamos y qué desconocemos, o más bien qué de eso que ya conocemos como bueno, validamos, y qué reconocemos como inválido o dañino. 

Ten presente que cambiar de opinión no significa que abandonas tus principios o sacrificas tu integridad, por el contrario, significa que aprendiste algo nuevo.  Te animo a que te retes y expandas tu mente; como decía Albert Einstein: “la mente es como un paracaídas, solo funciona si se abre” y Al Chile que tiene razón.

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