“La personalidad es al hombre, lo que el perfume es a la flor”

Charles M. Shwab

Siempre me he considerado una persona afable y cordial.  Detesto elevar la voz tanto como el maltrato e irrespeto.  Soy empático y hábil para detectar rápidamente el estado de ánimo de las personas con las que me encuentre.  De hecho, es quizás una de mis mayores fortalezas, pues me ha servido para ser receptivo y efectivo al momento de relacionarme.

Sin embargo, cuando comencé a trabajar dudaba que ese trato cordial fuese práctico para lograr ser un buen jefe; estaba convencido que debía endurecer mi carácter con el fin de que la gente “me respetara” y siguiera mis instrucciones.  Al poco tiempo, me di cuenta de lo equivocado que estaba.  Hoy quiero compartirte lo que la experiencia me enseñó al respecto, y que aplica en cualquier ámbito de la vida.

Primero quiero comenzar definiendo carácter. Según el diccionario es un “conjunto de rasgos, cualidades o circunstancias que indican la naturaleza propia de una cosa o la manera de pensar y actuar de una persona o una colectividad, y por los que se distingue de las demás.”  Es decir, la personalidad viene de las costumbres que hemos adoptado y fraguado a lo largo de nuestro existir.  Ciertamente que la base del carácter viene con uno al nacer, no obstante, lo vamos forjamos a través de las experiencias que atravesamos en la vida y por la influencia de las personas que observamos en nuestro desarrollo.

Típicamente, cuando pensamos en alguien con “personalidad fuerte” lo relacionamos con alguien que es contundente con su voz, con su mirada, con el lenguaje no verbal.  Sin embargo, la fuerza de nuestro carácter radica más bien en la profundidad de nuestras creencias y la fuerza de nuestras convicciones.  Por ello, considero que las personas sobresalen por la fuerza de su personalidad, que no es otra cosa que su transparencia y su coherencia.  Y es esto lo que produce admiración, que es el pilar de la autoridad.

Comprendí que no existe autoridad cuando esta se da por temor o por obligación, pues en ese caso se llamaría autoritarismo. Un autoritario es aquel quiere mantener todo bajo control, donde nada se puede hacer sin su permiso; sólo él dicta órdenes.  El miedo o amenaza puede dar resultados en el corto plazo, pero nunca generará una adhesión, compromiso y fidelidad en el largo plazo.  Aprendí muy rápido que el buen jefe, compañero, padre o amigo es aquel que logra que las personas permanezcan con ellas por convicción, no por obligación y mucho menos por temor.

A la gente -todos- nos gusta el buen trato; tanto como abominamos lo contrario.  Esa es una máxima universal que no admite discusión.  Por ello nunca olvides que debes tratar a la gente tal y como te gustaría que te trataran a ti.  Imagínate a ti mismo en la piel del otro.  Con la familia, los amigos; en el trabajo con subalternos, compañeros, coequiperos; o aquellas personas que nos sirven: con todos, recuerda siempre al interactuar que responden mejor a alguien empático.

A las personas lo único que nos distingue es el quehacer, ya que nuestro Ser nace con la misma esencia.  Aspiramos y deseamos las mismas cosas: salud, éxito, felicidad, reconocimiento, aceptación, valía, respeto. De la misma forma todos queremos evadir el fracaso o pasar desapercibidos.  El transcurrir de la vida pasa por jugar distintos roles.  Hoy eres experto, antes eras novato; hoy eres jefazo, antes eras Godínez; hoy eres padre, antes eras hijo y así puedo seguir.  Es decir, cambia tu rol, pero no tu esencia; nunca lo olvides.

¿Recuerdas cuando te dieron la primera oportunidad?  ¿recuerdas el entusiasmo que te generó?  ¿Cómo te sientes cuando te dan la confianza de asumir un reto importante?  Las personas responden más cuando se les manifiesta confianza, cuando reciben retos, pues se sienten importantes, considerados.  Eso les genera compromiso y entusiasmo.  Esa confianza, que debe ir acompañada de libertad, es fundamental para crecer y acumular experiencia.  Es la forma en la que se va construyendo el carácter.

Los años también nos demuestran, a veces de ruda manera, que las cosas únicamente se consiguen con determinación.  Como dicen, la suerte no existe, es tan solo un breve encuentro entre la preparación y la oportunidad.  Y por preparación no te limites a conocimientos técnicos, sino a preparar tu carácter, a forjar tu personalidad para que seas capaz de trascender y en esto, las experiencias son fundamentales.  Por lo tanto ¡atrévete a explorar! Cierro con esta frase maravillosa de Hipólito Yrigoyen: “Un carácter templado para la adversidad; sereno en la lucha y magnánimo en la victoria…, un alma recia para no embotarse en los dardos de las perfidias, un gran espíritu de sacrificio y una alta conciencia del deber”.

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