“La clave está en la influencia, no en la autoridad”

Kenneth Blanchard

Sobre liderazgo se ha escrito mucho y hay un gran volumen de teoría.  Sin embargo, hoy te compartiré lo que mi experiencia me enseñó alrededor de este concepto.

Cuando empecé a trabajar siempre me caracterizó el ser un tipo muy ambicioso; muy joven comencé a escalar y a tomar posiciones de mayor responsabilidad.  Recuerdo que uno de mis primeros jefes, de mi época como ejecutivo relativamente importante, era uno con el que tenía gran relación y al que siempre le pedía más responsabilidad y por ende, salario.  Y él siempre me respondía una frase que nunca olvido: “pide jefe, no aumento… te vas a acordar de mi…”  Él era un tipo de trato sencillo, y muy amable; siempre dispuesto y abierto a conversar; tenía su película clara de lo que buscaba y lo comunicaba con claridad; inspiraba, no imponía y uno se dejaba gustoso la piel, pues era fantástico trabajar con alguien así.  En cambio, también tuve otros con los que era un martirio trabajar; solo pedían cosas, no comunicaban, no ilusionaban; hacían uso de su autoridad para obtener las cosas; para ellos era solo sacar la tarea. Obviamente de todos aprendí cosas que me fueron forjando como el líder que fui.  Pero también asimilé de ellos lo que no se debe hacer o lo que a mí no me parecía.

Para mí, ser líder es lograr motivar a las personas a perseguir de forma comprometida, ideales en los cuales tienen plena convicción. Si eso es así, ¿dónde radica la diferencia de un líder que hace que uno se motive? Acá te cuento mi propuesta de liderazgo.

Liderazgo no es management. Hay quienes piensan que son líderes, pero en realidad, son buenos gestores o managers que administran bien a su equipo en el día a día, pero sin ir a ninguna parte.  Un líder es alguien que inspira a otros a seguirlo. No se puede liderar a nadie -mucho menos a una organización- si no se sabe hacia dónde se va. La gente no quiere ir a un trabajo con un jefe que solo da órdenes; quiere embarcarse en una aventura con un líder que lo motive a soñar.

Te cuento una experiencia personal.  Al tomar la que ha fue mi última responsabilidad ejecutiva estaba algo nervioso, puesto que mi antecesor había dejado la empresa en muy buenas condiciones. Mi espíritu competitivo -alias ego-, estaba frenético pensando en cómo llegar a hacer la diferencia en un sitio así. Por lo tanto, tenía que diseñar algo retador, que generara ilusión; algo apasionante y coherente, y que, a la vez, sacara de la zona de confort al equipo.

Recuerdo que lo primero que hice fue fijar una meta muy ambiciosa: doblar el tamaño del negocio en dos años.  En mi opinión, la gente quiere ser retada para competir, para tener impacto, para romper récords, alcanzar nuevos hitos; sentir el sabor de la victoria.  Sin embargo, hay que tener muy claro que las metas por sí solas no movilizan; lo que realmente genera dinamismo y compromiso en la gente son las emociones; por lo tanto, para llegar a tocar esas fibras, uno tiene que crear una historia y contarla.

Y fue así que nos fijamos la idea de llegar a ser la empresa más respetada e influyente del sector: el referente de la industria; la más innovadora; seríamos los primeros en ofrecer soluciones integrales por segmento de clientes, en lugar de solo vender productos. Esa era el propósito y la idea general.  Obviamente que no tenía las respuestas de cómo lo haríamos, ni qué soluciones ofreceríamos, pero la idea estaba sustentada y calaba para iniciar una revolución interna en esa dirección.  Y esto es clave: la creación de una visión inspiradora.  Si logras una, las cosas comenzarán a tener sentido y la gente -la correcta- de manera natural lo seguirá.  No tengas miedo de crear una visión que parezca imposible; solo comienza a movilizarte que los detalles se irán puliendo en el camino.

Entonces sacudimos el árbol.  Reorganizamos la empresa; salió y entró talento, movilizamos a otros a nuevos cargos, rediseñamos la organización e iniciamos dando permiso y libertad para proponer y crear.  Diseñamos junto al grupo ejecutivo una agenda estratégica con pocas, pero muy claras iniciativas.  Mi labor como líder era como la de un predicador: comunicar, comunicar y comunicar el propósito; contar la historia.  Además de modelar con el ejemplo los comportamientos deseados y administrar con rigidez y de manera implacable la estrategia.

Es importante tomar en cuenta que cuando te embarcas en un viaje como líder, tu equipo tiene ciertas preguntas que uno debe abordar y responder: ¿A dónde vamos?, ¿Por qué? ¿Cómo llegaremos allí? y ¿Dónde estamos parados hoy?

El final de la historia fue muy satisfactorio.  Logramos el objetivo; tardamos algo más de dos años, pero lo conseguimos.  Algo impensable al inicio.  Lo conseguimos entre todos aun sin conocer la manera cómo lo haríamos, siendo lo más grato, la manera como se logró: con un grupo cohesionado, comprometido e inspirado.

Así que después de esta reflexión, la pregunta que debes hacerte es, ¿a qué viaje estas invitando a tu equipo?  Cualquiera que este sea, hazlo inspirador, sencillo y coherente; recuerda que a la gente la mueven las emociones y el deseo de aventura. Y no olvides que una vez llegues al destino, celebra de manera entusiasta con el grupo, pero inmediatamente cierras el capítulo y te embarcas en el siguiente.  Después de un viaje así, Al Chile que tu equipo te seguirá.

Como lo plantea John Quincy Adams, ex presidente de Estados Unidos, “Si tus acciones inspiran a otros a soñar más, aprender más, hacer más y convertirse en algo más, entonces eres un líder”.

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