La sonrisa es de las pocas cosas que uno da, y se devuelve inmediatamente

Hoy me abocaré a comentar sobre un tema que puede parecer un tanto trivial: el trato a las personas.  Quizás algunos consideren ocioso comentar sobre algo que hacemos todos los días; a mi juicio no lo es.  Y no lo es simplemente porque la costumbre, la vorágine del día, la inercia, las creencias, la soberbia, el ego y demás cuestiones – no triviales esas si- interfieren en nuestras buenas relaciones con los demás sin muchas veces darnos cuenta.

El humano es el único ser pensante y consciente en el planeta, por lo tanto, no tenemos justificación alguna para ir erosionando gente por doquier.  Nada nos da derecho a expulsar bombas molotov por la boca, simplemente porque no estamos de humor o porque le dio la gana al ego.

En la vida uno cosecha lo que siembra: lo que das, es lo que obtienes.  Todos somos independientes de pensar o no, de decir o no, de actuar o no.  Uno es libre de todo ello, pero ciertamente esclavo de las consecuencias.  Por eso debes tener presente en cualquier decisión que tomas, que debes ser capaz de cargar con dignidad la consecuencia de las mismas.

En mi lenguaje, yo le llamo a esto la Ley del Espejo: es decir, lo que proyecto es lo que se me refleja de regreso.  Si sonrío, me sonríen; si agredo, ya sé lo que puedo esperar a cambio.  Tal como lo expresa la tercera ley de Newton: toda acción genera una reacción de igual intensidad, pero en sentido opuesto.  Si llegamos a comprender eso, tan sencillo y simple, seremos maestros en el manejo de nuestras relaciones interpersonales.  Comprender que uno debe comportarse con los demás exactamente igual a como uno desearía que los otros lo tratasen.  Así de simple.

Comprender la Ley del Espejo no solo es muy fácil, sino además suficiente para obtener buenas relaciones.  Sin embargo, es en su aplicación donde nos atoramos.  A mi juicio, nos trancamos particularmente por cuatro cosas que se presentan y generan la distorsión del espejo: 1. El estado de ánimo, 2. Las creencias, 3. La respuesta del reflejo (el otro) y 4. El olvido de los valores universales que nos unen.  Permíteme elaborar un poco sobre ello y sugerir lo que creo puede ayudar a detectarlos y tomar consciencia, de manera que puedas “apagarlos” cuando se presenten.

Ciertamente el estado de ánimo condiciona lo que uno proyecta a los demás.  Detectar como nos sentimos es relativamente fácil, alterarlo, pareciera que no, pues existe la creencia de que esto no es posible; es decir, si uno esta triste, pues toca aguantarse hasta que se le pase.  Eso es equivocado.  El estado de ánimo es consecuencia del pensamiento y nosotros sí controlamos la mente.  El no hacerlo equivale a dejar los pensamientos en piloto automático bajo supervisión del ego y entonces este hará lo que lo que le plazca.  Y le place mucho perturbarnos. Por tanto, intenta de manera consciente tomar el mando y recordar dos cosas: positivo y empático.

Nuestras creencias condicionan el pensamiento. Asirse férreamente a ellas en una relación interpersonal, puede generar fricciones innecesarias; cerrazón dirían algunos.  Por lo tanto, lo más recomendable sería retarlas constantemente; esto significa abrirse a escuchar para complementar ideas y ampliar nuestro espectro.  Sería lo más inteligente.  Ahora bien, eso no significa que debas cambiar tus creencias.  Si te sientes cómodo con ellas, adelante, más siempre respeta a las personas tal cual son, pues cada persona es una individualidad única.

Respecto de los demás, muchos dirán, “bueno, pero yo hago el esfuerzo por relacionarme bien, pero hay cada persona con la que uno simplemente no se puede relacionar; hay cada intransigente, arrogante, soberbio, autoritario, obtuso, y miles de etcéteras más”.  OK, ciertamente hay maderas que ya no agarran el barniz.  La ventaja es que tú no eres pintor.  Lo que cada quien desee plasmar, es su rollo, no tuyo.  Lo que sí es tu responsabilidad es tu reflejo.  En la vida no venimos a desgastarnos, quizás únicamente cuando exista un interés legítimo de por medio.  De resto, lo mejor es ahorrar las baterías y gastarlas con quien si sabemos que nos ayudará a recargarlas con energía positiva.

A pesar de que no hay dos personas iguales, lo que si hay son valores universales que nos unen y que en su esencia todos compartimos: libertad, igualdad, justicia, verdad, respeto, empatía, gratitud, solidaridad, integridad, imparcialidad, tolerancia, equidad, paz, amor, honestidad, confianza, responsabilidad.  Por lo tanto, recuerda que estos conceptos te facilitarán puntos de encuentro en todo momento, ya que son los principios básicos que nos unen.  Son las cosas que se proyectan al espejo y que siempre brillarán de regreso.

Al Chile que nada produce más felicidad en la vida que vivir en quietud.  Y en nuestro poder esta lograr conseguirla, y a la vez, ofrecerla.  Que mejor que siendo amables y empáticos con una atenta escucha.  Respetuosos de espacios, posturas y diferencias, sin discriminar ni estereotipar a nadie.  Abrazando la libertad de elegir de cada uno.  Difiriendo respetuosamente -pero aceptando gustosos- la diversidad como manera de explorar y aprender.  Y nunca, pero nunca, abusando de cualquier tipo de autoridad que uno se autoimponga.  Como dice Mark Twain: “La amabilidad es el lenguaje que el sordo puede oír, y el ciego puede ver”.

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