Es lo que es, y hay lo que hay

Todos nosotros pasamos nuestras vidas inmersos en una vorágine que parece inacabable.  Ya sea porque nos consumimos por las responsabilidades de nuestro acontecer profesional, o por las vicisitudes normales de nuestra vida personal, pero de alguna manera u otra, siempre pareciera que estamos metidos en un drama infinito, deseando, a gritos, un descanso para desconectarnos.  Por eso los jueves comienzan a saber a gloria, pues se acerca el fin de semana, o las vacaciones son como la tierra prometida, ya que en ambos casos, lo que deseamos es “desconectarnos”.

Sin embargo, desafortunadamente esa desconexión ocurre solo por instantes.  Y sucede así porque seguimos dejándonos guiar por un inquilino intranquilo y dramático que habita en nosotros: el ego.  Este personaje es tremendamente hábil y se logra colocar en la posición de mando cuando no estamos PRESENTES ni atentos.  Y es él, quien precisamente se encarga de quitarnos la quietud.

La mayoría de las cosas que nos consumen son en realidad procesos de pensamiento articulados por nosotros mismos.  El drama se instala porque nos la pasamos constantemente yendo a un pasado que ya pasó, ya sea para hacer algún reclamo u observación o evocar algo placentero; y simultáneamente, vamos al futuro a crear escenarios aterradores o encantadoramente ilusionantes, que aún no existen. Y en todos los casos, provocándonos intranquilidad al ausentarnos por completo del ahora e impedir estar PRESENTES.  Y aquí está la clave de la quietud: comprender el momento en que te caches fugándote del presente, para poder hacer consciencia y regresar.

Alguien podrá debatirme que ir a esos momentos placenteros del pasado o a escenarios maravillosos de futuro, genera tranquilidad.  Mi respuesta es un rotundo no.  Es simplemente fugarse para evadir el ahora.  Y esa huida es una estrategia extraordinaria del mismísimo ego, para evadir la realidad.  Y la realidad es el momento presente: el ahora.  Es lo que resumo con un simple “es lo que es, y hay lo que hay”.  El momento presente es indubitable, pues contiene lo que contiene; no recrea nada sobre un pasado que ya pasó, ni se ilusiona con ningún futuro que no ha ocurrido.  Es el ahora.  Punto.

No quiero de ninguna manera pretender ser el gurú esotérico del yin, sino simplemente decir que en el momento que dejamos el ahora, perdemos quietud.  Y es esa la razón, por la que vivimos constantemente en drama.  Voy a poner un ejemplo simple que seguro ayudará a la comprensión: cuando vas al cine, algún concierto, o te adentras en la lectura de un libro, estas en total conexión con el presente y no hay drama alguno.  Sin embargo, de repente te toca el hombro Mr. Ego y te dice… “¿por qué no hiciste tal cosa?… ¿Qué hubiera pasado si tal?”… o dice, “recuerda que mañana tienes que hacer tal cosa… si no te llega ese cargo, se arruinará tu vida…” y es en ese momento que te desconectas de la realidad, pierdes la quietud y el disfrute del presente y comienza el drama.  Por tanto, si somos capaces de cacharnos en esos momentos de fuga y tomamos consciencia de ello, podremos intentar regresar al momento actual y lograr quietud.  Es decir, retomo lo que dije antes: somos nosotros mismos quienes nos inventamos la gran mayoría de nuestras mortificaciones.

Para lograr la quietud se tiene que conseguir estar en el ahora. Abandonar cualquier juicio, negatividad o resistencia a lo que es.  Olvidarnos de cualquier brecha entre realidad y expectativa, que es lo que provoca esas percepciones o interpretaciones que generan resistencia o miedo.  Es decirle al ego que se largue con su malévola costumbre de juzgar el presente con su lente de fuga al pasado o futuro.  Al Chile que se elimina el drama y se consigue la felicidad de disfrutar el presente sin la contaminación del ego; como en el ejemplo del cine o el concierto.  Es disfrutar lo que es que, entre otras cosas, no puede deshacerse, porque ya es. “El autocontrol es fuerza.  El pensamiento correcto es maestría. La calma es poder” James Allen, escritor y filósofo británico.

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