“La tolerancia es el aceite que lubrica las fricciones de la vida”

Wilbert E. Sheer

Pareciera que después de algunos siglos, entendimos como raza humana que, para socializar mejor y vivir en un mundo con más armonía, solidario y empático, debemos aceptar y respetar las diferencias entre nosotros.  Hoy fomentamos un planeta más diverso e inclusivo, respetando los derechos de todos a su cultura, religión, creencias, gustos o raza.  Hoy promovemos la diversidad como un valor pues entendemos que, en la suma de todas nuestras diferencias, se encuentra la riqueza.

A pesar de todo ello, no parece que la tolerancia sea algo que nos caracteriza.  Mas cuando lo anterior está siendo confrontado por un mundo plagado de posturas que polarizan, dividen y generan odio en la sociedad.  Para muestra solo basta voltear a mirar la vida política: desde un Trump o un López Obrador, hasta lo que ha ocurrido en Francia; y así pudiéramos pasar por muchos otros ejemplos que no merecen nombrarse.  Misoginia, antisemitismo, nacionalismos exacerbados, en fin, un sinnúmero de sentimientos provocados por seres perversos que desean retroceder en el tiempo y hurgar en el ser más primitivo que llevamos dentro.

Adicionalmente, las redes sociales han creado el mundo de la inmediatez, lo banal, lo fácil; el de la intolerancia al esfuerzo, la reflexión y al fracaso.

Esta descripción social del entorno, es bastante aplicable al microcosmos individual de cada uno de nosotros.  No podemos negar que la mayoría tenemos un umbral de tolerancia bajo.  Solemos reaccionar de forma inmediata a diferencias que nos incomodan por el solo hecho de que son disímiles a nuestro pensar.  Nos sometemos con facilidad a la tiranía de las expectativas del ego.  A su juego de decidir, por sus huevos, lo que “debe ser”.  Solo detente a pensar que la intolerancia proviene de que ¡no pase lo que tú quieres, cuando tú quieres y en la forma que quieres! o que ¡otro no piense o se comporte como tú lo deseas, o no tenga el color de piel que te agrade o los gustos que a ti te parecen!  ¡Vaya personajes egoístas que somos!

Por todo esto es que considero debemos comenzar a reflexionar sobre este tipo de comportamiento y comprender la importancia de ser tolerante y cómo poder lograrlo.

Resumiría la tolerancia como la capacidad de aceptar diferencias.  Es respetar ideas, preferencias y comportamientos de los demás.  Es saber escuchar, ayudar y empatizar.  Es comprender y valorar sus posiciones sin pensarlas como una amenaza a las propias.  Es tener el arte de aceptar, así no sea acorde a nuestros deseos; es admitir que la vida es diversa y misteriosa, y que nos confrontará con una cantidad infinita de posibilidades.

Llegar a ser tolerante implica respeto, empatía y solidaridad.  Además, supone no tener expectativas; ser flexible, saber escuchar, saber observar y -como parte fundamental- aceptar la diferencia y la sorpresa como algo normal de la vida; y es allí donde radica su riqueza.  La tolerancia, igualmente, nos convierte en esponjas dispuestas a absorber conocimientos, experiencias y sentimientos, y es esto lo que nos permite aprender y donde radica el progreso como individuos.  Además, al conseguir ser tolerantes seremos personas más quietas, cultas, inteligentes y humanas.  Logramos tranquilidad y quietud pues le impedimos a nuestro ego su dominio y nos ofrecemos respeto a nosotros mismos y a los otros.  Nos convertirnos en personas más amables, consideradas y confiables.  Logramos ser abiertos, empáticos, solidarios y dispuestos a confrontar nuestras propias creencias.

Ahora bien, ¿cómo es que puedo cultivar en mi la tolerancia?  Lo primero que sugeriría es que hagas el ejercicio de reflexionar qué te incomoda o qué te hace ser intolerante y por qué.  Este punto es importantísimo ya que, con absoluta certeza, será simplemente porque ese algo difiere de tus creencias, gustos o expectativas.  Expectativas que uno debe evitar, porque no se cumplirán, y ciertamente creencias o gustos que te estan limitando, no solo el aprendizaje, sino que atentan contra tu quietud por el simple capricho del ego.

La fórmula parece simple: no tengas expectativas ni prejuicios.  Cuando estés frente a una situación, acéptala tal y como viene, que así, también está bien.  Cuando estes frente a ese otro, solo ponte en su lugar y piensa que estas delante de una persona como tú, que debe ser tratada tal y como te gustaría que te tratasen a ti.  Quien está enfrente es solo alguien distinto – ni mejor ni peor – solo diferente.  Al mundo no venimos a ganar el campeonato de tener la razón; ese torneo no existe, aunque lo promueva el ego.  Por lo tanto, lo único que ganaremos será perturbación y perderemos una fuente de tranquilidad y conocimiento infinita.

Por lo tanto, Al Chile que siempre procura una mente abierta, saber escuchar y ponerse en el lugar del otro.  Recuerda que como dice Pedro Emilio Coll, “la tolerancia es la cortesía de la inteligencia.”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *